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El ascenso sin aterrizaje: lo que nadie le enseña al profesional que acaba de convertirse en directivo

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El ascenso sin aterrizaje: lo que nadie le enseña al profesional que acaba de convertirse en directivo

Photo: Archives New Zealand, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons

El correo llega un martes por la tarde. O quizás es una conversación en el despacho del director general. El mensaje es el mismo: se reconoce tu trayectoria, se valora tu compromiso, y a partir del próximo mes asumes la dirección del departamento. Enhorabuena.

Lo que no dice ese correo —lo que raramente dice ningún correo de promoción en ninguna empresa española— es cómo se hace ese trabajo. Qué competencias se necesitan ahora que antes eran irrelevantes. Cómo se gestiona la relación con personas que hasta ayer eran compañeros de igual a igual. Cómo se toman decisiones que afectan a otros cuando uno mismo todavía está aprendiendo a leer el nuevo terreno.

Este silencio no es casual. Es el reflejo de una práctica extendida en el tejido empresarial español: la promoción como recompensa, desvinculada del desarrollo como proceso.

El problema estructural detrás de cada ascenso mal acompañado

En la mayoría de las organizaciones, el proceso de promoción interna está diseñado para reconocer el pasado, no para preparar el futuro. Se asciende a quien ha demostrado excelencia en su rol anterior: el mejor comercial se convierte en director de ventas, el mejor analista en jefe de equipo, el mejor técnico en responsable de área.

Esta lógica tiene una coherencia interna comprensible: si alguien ha rendido bien, es razonable confiar en que seguirá haciéndolo. El problema es que el conjunto de competencias que hace a alguien sobresaliente en un rol de ejecución es, en gran medida, diferente al que se necesita para liderar a otros en ese mismo ámbito.

Ejecutar y dirigir no son versiones escaladas del mismo trabajo. Son trabajos distintos. Y tratarlos como si fueran lo mismo es una de las fuentes más consistentes de frustración profesional, disfunción organizativa y rotación de talento en las empresas españolas.

Lo que cambia cuando se cruza ese umbral

El nuevo directivo se enfrenta, casi de forma simultánea, a una serie de transiciones que nadie le ha explicado con claridad:

De hacer a hacer hacer. Durante años, su valor residía en su capacidad de producir resultados directamente. Ahora, su valor reside en su capacidad de que otros los produzcan. Ese cambio no es intuitivo. Muchos nuevos directivos siguen haciendo el trabajo técnico porque es lo que saben hacer bien, mientras descuidan las funciones de orientación, desarrollo de equipo y toma de decisiones que ahora les corresponden.

De colega a referente. La relación con quienes antes eran pares cambia de forma inevitable. Algunos compañeros lo viven con naturalidad; otros, con distancia o recelo. El nuevo directivo debe aprender a gestionar esa tensión sin perder la cercanía que le hace accesible ni la autoridad que le hace efectivo.

De certeza a ambigüedad. En roles técnicos, los problemas suelen tener soluciones objetivamente correctas. En roles directivos, las decisiones implican variables humanas, organizativas y estratégicas que rara vez admiten una respuesta unívoca. Aprender a actuar con criterio en condiciones de incertidumbre es una habilidad que no se adquiere de forma espontánea.

El coste oculto de no acompañar la transición

Cuando una organización promueve a alguien sin proporcionarle la formación y el acompañamiento adecuados, los costes no siempre son visibles a corto plazo. Pero se acumulan.

El nuevo directivo comete errores evitables en la gestión de personas que erosionan la cohesión del equipo. Tarda más de lo necesario en encontrar su lugar en la nueva dinámica, lo que ralentiza los resultados del área. En algunos casos, desarrolla estilos de liderazgo disfuncionales —el microgestor que no sabe soltar, el directivo ausente que evita la confrontación— que se consolidan antes de que nadie los identifique como problemáticos.

Y en los casos más extremos, el profesional que era un activo brillante en su rol anterior se convierte en un directivo mediocre en el nuevo, con el consiguiente impacto en su motivación, en la del equipo y en los resultados del negocio.

Un modelo de transición que funciona

La solución no es compleja en su concepción, aunque requiere voluntad organizativa para implementarse. Implica tres componentes que deben actuar de forma integrada:

Formación en competencias directivas antes y durante la transición. No después de que los problemas hayan emergido. El nuevo directivo necesita herramientas concretas para gestionar conversaciones difíciles, dar y recibir retroalimentación, facilitar reuniones productivas y tomar decisiones bajo presión. Este aprendizaje debe comenzar, idealmente, en los meses previos al cambio de rol.

Mentoría estratégica con alguien que ya ha recorrido ese camino. La mentoría no es lo mismo que la formación. Un mentor no enseña conceptos: comparte experiencia, hace preguntas que el mentorizado no se ha planteado y ofrece perspectiva en los momentos de mayor incertidumbre. Para el nuevo directivo, contar con alguien de referencia que haya gestionado transiciones similares puede marcar una diferencia significativa en la velocidad y calidad de su adaptación.

Espacio de reflexión estructurada sobre el propio desempeño. El directivo en transición necesita tiempo y herramientas para observar su propio comportamiento, identificar patrones y ajustar su estilo de liderazgo de forma deliberada. Esto puede articularse a través de procesos de coaching, de grupos de aprendizaje entre pares o de evaluaciones periódicas con retroalimentación honesta.

La responsabilidad compartida

Es importante señalar que esta responsabilidad no recae únicamente sobre la organización. El profesional que asciende también tiene la obligación de reconocer lo que no sabe y de buscar activamente los recursos que necesita para desarrollarse en su nuevo rol.

En un entorno empresarial que cambia con rapidez, esperar a que la empresa proporcione todo el acompañamiento necesario es una estrategia arriesgada. Los directivos que más rápidamente se desarrollan en sus nuevas posiciones son, casi siempre, quienes combinan el apoyo institucional con una actitud proactiva hacia su propio aprendizaje.

Desde Formenciales, trabajamos precisamente en ese espacio: el que existe entre el ascenso que se recibe y el liderazgo que se construye. Porque el título es el punto de partida, no el destino.

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